NOCHE DE INAUGURACIÓN

Tuve la suerte de crecer en un hogar con música: el piano era parte del mobiliario y siempre ocupó un lugar central en las casas que vivimos. Dos cosas estaban garantizadas en el auto de mis padres: aire acondicionado polar, y música: clásica, popular, marchas de John Philip Soussa –seguramente resabios del colegio militar de mi papá-, Pedro Vargas, Atahualpa Yupanqui, tamboreras panameñas y otras cosas innombrables… pero música, siempre, música.

Obvio que no sería precisamente lo que habría escogido yo, pero entonces se escuchaba lo que papá y mamá querían y “San Seacabó”. Bueno eso, o en los viajes al interior, cuando tenían que recurrir a artilugios para mantener entretenidos a cuatro niños apretados e impacientes, podíamos llegar tan bajo como cantar altísimo los himnos de los diferentes colegios, una suerte de competencia aterradora de cuestionable lealtad. Santo remedio cuando pudimos hacernos de monumentales audífonos y, así comenzar a cincelar un gusto personal, evitando un fratricidio.

Desde que tuve uso de razón, mis cartas al Niño Dios (Santa Claus todavía no había llegado al trópico), sustentaban, con el encanto y la inocencia propios de la edad, la imperiosa necesidad de recibir una guitarra (eléctrica o acústica, pero mejor eléctrica), teclado, batería, tocadiscos, grabadora, discos… o cualquier otro elemento con el que pudiera hacer o reproducir, música.